
Cuando el gobierno impulsó el plan de ahorro energético, lamentablemente no pensó en lo que ocurriría con aquellas lámparas que ahora descansarán antes de tiempo, con sus filamentos intactos, en un oscuro y húmedo galpón. Esas bombitas que con gracia e ingenio luego de ser descartadas podrían convertirse en una pequeña maceta para tunas o en la cabeza de un títere para niños, ahora serán desplazadas sin derecho a una vejez digna y reciclable. Imaginémonos por un momento representar una idea con una lámpara de bajo consumo. Sin duda sería una mala idea. La bombita o bombillo incandescente gasta mucha energía para llegar a su punto de luminosidad, pero cuando brilla lo hace con una calidez inigualable. La lámpara de bajo consumo demora al menos media hora en proporcionar una luz blanca medianamente decente. Esta pereza para encender la hace aún más odiosa. Mientras tanto las bombitas comunes, de 45,75 y 100 Watts se están agremiando y estudian presentar un recurso para que se les reconozca su valor histórico y los siglos de servicio a la modernidad que hoy pretenden ser pisoteados en pos del tan mentado ahorro. Y la lámpara de bajo consumo, con su fría y antiestética presencia se afirma en el mercado. Con ella trae otro artículo por demás nefasto: el artefacto de plástico. El vidrio, la lonja, la madera. Ningún material noble de la naturaleza resistirá el embate de esa luz mortecina. “Que no se apaguen las bombitas amarillas”. El carnaval no sólo ya no tiene bombitas amarillas, pronto no tendrá bombitas. Hasta las velas fueron más afortunadas. Desde la vela para el apagón hasta los velones y fanales que pueden costar un ojo de la cara, la vela está más vigente que nunca. Bien por ellas. No caben dudas de que acá hay intereses creados a favor de los fabricantes de lámparas de bajo consumo. ¿Acaso el tuboluz fue apoyado por el gobierno? Ruidoso, feo e incómodo de tirar, nadie se encargó de subsidiarlo en su momento. Evidentemente existe una animosidad. ¿Se estarán acabando las reservas mundiales de tungsteno? Esta es una de las tantas hipótesis que se manejan, por ahora sólo resta esperar que las gestiones de las bombitas sean exitosas. Confiamos mientras tanto que, en algún lugar de esta querida república bajo energética, se esté gestando un movimiento revolucionarioreacio a cambiar el color y el calor del mundo que nos rodea.